El entrenamiento debe adaptarse a la edad, las características individuales y los objetivos de cada persona. Desde la niñez hasta la adultez mayor, moverse de manera estructurada, segura y progresiva bajo la mirada de un profesional de la actividad física aporta beneficios físicos, emocionales y cognitivos. Lo importante es respetar los procesos de desarrollo, aplicar criterios profesionales y comprender que estamos trabajando con personas, por lo que entrenar a alguien se vuelve “una tremenda responsabilidad”. Se generan muchas preguntas con respecto a este tema tales como ¿Existe una edad óptima para comenzar? ¿Hay una edad límite para entrenar? ¿Pueden los niños realizar entrenamiento?, entre otras. Aunque no existe una edad “ideal” para iniciar un programa de actividad física, sí es fundamental considerar las características propias de cada etapa del desarrollo.
Entrenamiento en la niñez
En los niños menores de 10 años, el enfoque debe ser principalmente lúdico. A esta edad el objetivo es ampliar la base motriz e ir enriqueciendo los patrones motores y manipulativos, favoreciendo experiencias variadas donde los invitemos a correr, saltar, girar, lanzar o recibir. En esta etapa el niño debe “jugar a entrenar”, sin presiones, ya que lo más importante en esta etapa que disfruten y sean felices .

Entre los 12 y 14 años, se busca aumentar la riqueza motriz, perfeccionando patrones motores básicos y manipulativos. Para este rango etario ya puede introducirse entrenamiento con movimientos algo más complejos y comenzar una progresión muy controlada en cargas, volumen e intensidad. Es clave respetar los procesos madurativos individuales y mantener objetivos acordes a su etapa de crecimiento. En esta etapa aún es importante que disfruten del proceso para así lograr que se encanten con la actividad física y lo adquieran como un eje importante dentro de su vida futura.
Adolescencia y adultez temprana
A medida que los jóvenes avanzan en edad, el entrenamiento puede adquirir un carácter más específico, especialmente si practican un deporte y desean mejorar su rendimiento. Aquí trabajamos bajo la premisa de “preparar el cuerpo para…”, y para esto se debe considerar:

- Demandas energéticas de la disciplina.
- Características mecánicas y técnicas del deporte.
- Manifestaciones de fuerza requeridas.
- Transiciones aeróbicas y anaeróbicas.
- Necesidades individuales de cada deportista.
Aunque actualmente existe una gran difusión de la importancia del trabajo de fuerza, es fundamental aplicarlo con criterio profesional. No se trata solamente de mover cargas pesadas o quién salta más alto, sino de educar el movimiento, corregir patrones, seleccionar la manifestación de fuerza adecuada para cada persona, objetivo y movimientos propios de la o las disciplinas.
Edad adulta y adultez mayor
En etapas más avanzadas de la vida, el entrenamiento sigue siendo no solo posible, sino altamente necesario. Las sesiones deben incluir:

- Trabajo de fuerza, ajustado a la condición, necesidades y capacidades de la persona.
- Movilidad articular y ejercicios de flexibilización, fundamentales para mantener funcionalidad y prevenir lesiones.
- Actividades orientadas a mejorar la calidad de vida, la autonomía y la salud en general.
En cualquier etapa es esencial una adecuada recuperación que incluya una alimentación balanceada con respecto a los macro y micronutrientes que necesite cada individuo, mantener una buena hidratación consciente y buena higiene del sueño, todos factores fundamentales para el progreso y la salud de las personas.



